Colas
“El gato no nos acaricia,
se acaricia contra nosotros”
Rivarol
Todo cambió desde que los hombres tenemos cola.
El apéndice que distingue a las bestias del rey de la creación decidió aparecer en nuestro trasero sin avisar, recordándonos la frágil evolución de la que somos objeto.
El coxis siempre fue el más humilde de los huesos y solo se hacía notar en las radiografías hasta que un cartílago fue adhiriéndose a él en proporciones angustiosas. El brote no suponía dolor alguno, solo una ligera comezón y una tremenda impresión.
Aún recuerdo cuando el primer infortunado apareció pálido con su cola lampiña a nivel mundial por CNN. El mundo entero se conmocionó: “se viene el fin del mundo”, “esto es castigo de Dios”, “esto es obra del diablo” y muchas otras elucubraciones de todo tipo se barajaron en prime time y HD.
Todo parecía una película de zombies, de esas que tienen más interrogantes que respuestas.
Cuando la histeria colectiva pasó y los científicos empezaron sus investigaciones, se culpó a un virus, al agua, a las aves, a los porcinos y hasta uno que otro político latoso.
Cual pandemia, los “rabones” empezaban a multiplicarse y como todo animal de costumbres, el hombre empezó a convivir con la idea de horadar los pantalones para que el apéndice pudiera acomodarse a discreción en la intemperie.
Pasaron unos pocos años y ya no había ni un solo ser humano que no tuviera ese simpático miembro a sus espaldas pero el estilo de vida nunca fue el mismo.
La forma de relacionarnos cambió dramáticamente desde que la cola nos delataba cuando nos sentíamos atraídos por alguien, las conquistas eran más auténticas porque el misterio del amor ya no estaba tan velado para nuestra generación.
En los deportes ya teníamos un nuevo punto de apoyo e impulso por lo que se crearon nuevas disciplinas olímpicas, muchos se retiraron de la política porque ahora todos tenían “rabo de paja” y la frase “vino con el rabo entre las piernas” se tornó literal entre las parejitas en conflicto.
Los niños jugaban a perseguirse la cola mientras aprendían las leyes de Darwin como adivinando que algunos eslabones mutaban sin control. En las fiestas infantiles fue retirado el juego de “póngale la cola al burro” por parecer indigno.
La moda no se incomodó y creó hermosos abrigos para colas en todos los modelos inimaginables, desde Dolce & Gabbana hasta Vera Wang debatían la forma más fashion de cubrir tan novedoso instrumento. Las relaciones sexuales tuvieron que acondicionarse a nuestra nueva anatomía y el coito anal ya no era tan placentero como antes. El Kama Sutra tuvo que reeditarse porque algunas posiciones se hacían imposibles.
Los perros miraban a hombres y mujeres con cierto halo de admiración y uno que otro olía traseros humanos intuyendo la llamada de la selva en sus co-habitantes bípedos, siendo rechazados por el atrevimiento de compararse con sus superiores. La Iglesia mantenía las distancias mientras los curas no podían ocultar su indignación ante la pasividad de la comunidad.
Ellos esperaban un rebrote de cristianos conversos y fervientes pero lo que obtuvieron fue una orden del Vaticano para ponerle cola al Cristo crucificado, ya no se veía tan inmaculado…
Con el pasar del tiempo, todos nos fuimos acostumbrando a este particular y las diferencias se hicieron coincidencias. Las revistas especializadas hablaban de un siguiente paso en esa precipitada evolución, se preveían picos, patas, plumaje, pelaje, uñas prensiles pero nada de eso llegó, solo las colas.
Un buen día, mientras la humanidad esperaba otro cambio genético en nosotros, el pánico se apoderó de los medios, había aparecido un caso en Bangladesh que avizoraba el peor de los escenarios. Un perro llamado Kafir había perdido su cola y empezaba a ver por encima del hombro a su amo…