Push & Play
“Es peligroso aquel que no tiene nada que perder…”
J. W. Goethe
Edgardo se había cansado de contemplar ese maldito botón rojo, que por rojo hería su vista y erosionaba su psiquis, recordaba haber visto grandes botones similares en decenas de filmes bélicos y siempre había deseado experimentar la sensación de aplastar ese apéndice mortal que destruía vidas y empoderaba tiranos.
En su defecto, había presionado otros botones menos glamorosos y más nobles como el timbre de su vecina, una vieja loca y voyeurista llamada Mabita. Las cruces y los famosos O, X, Δ, □ de su pad de Play Station significaban un suave roce con la ficción que lo excitaba y lo llevaba siempre a masturbarse con alguna heroína digital. Los botones de su control remoto dirigían un ejército de aparatos plagados de entretenimiento, llenos de leds, circuitos y promesas en dos dimensiones; el botón del ascensor que lo llevaba todos los días a su mísero trabajo se había convertido en un compañero silente que se encendía tenue para recordarle su vida paupérrima y su sueldo enano. Pulsar el botón de “excelente” para calificar a esa cajera de banco que siempre lo atendía con una sonrisa piadosa y que nunca se atrevió a invitar a salir, era una mezcla de sentimientos, para ser sinceros, resultaba poco romántico entablar una conversación con cincuenta personas detrás de él y un sistema que iba y venía como columpio de parque. El mouse del cyber que frecuentaba era viejo, de bolita, sus engranajes chillaban como un roedor, una mancha de tierra apisonada marcaba el acercamiento de mil dedos con las más variadas clases de inmundicias terrenales, las redes sociales no le servían a un antisocial por antonomasia, el mundo se alejaba de ese ser con cada paso que daba. El obturador de la vieja Sony de 3.2 megapixeles cedía suavemente a las caricias de su índice, capturó algunos recuerdos de orgasmos ingratos, postales posadas y viajes cercanos.
Tenía las mismas dimensiones del botón que presionaba en ese sucio motel para pedir un taxi, después de fornicar con aquella vieja bruja que le costeaba la ropa y la comida, un puto de proporciones milimétricas penetrando a un esperpento por dinero, lamiendo vello púbico canoso, digitando el botón del intercomunicador para que lo saquen de ese pequeño infierno semanal al que se metía por voluntad propia.
Pero no todo era malo: había un botón que lo divertía. Uno que estaba empotrado en el pasamanos del bus atestado de gente tan miserable como él, se entretenía utilizándolo una y otra vez, supuestamente estaba ahí para indicarle al chofer que se detenga, pero esas cosas tan avanzadas nunca funcionan en países como el de Edgardo, en esos países la comodidad es un pecado y lo indigno se hace costumbre.
Sin duda alguna, los botones más bellos que tocó en su vida fueron los pezones de Regina, los tocó, los chupó, los exprimió, los mordió, los amó una sola vez, probablemente ella ni se acuerde, estaba tan ebria que no sintió la lengua furtiva de Edgardo. Nunca más hablaron de ese asunto y él tuvo que soportar mil historias de amantes y dimensiones de miembros viriles mientras la amaba con el corazón sellado.
Y ahora se encontraba frente a ese gran botón rojo que latía como coágulo recién formado, que lo invitaba a cambiar algún destino desde la comodidad de su escondite conocido por todos, un apetitoso festín se ofrecía sumiso para las yemas de sus dedos. El pretexto que necesitaba para cambiar de rumbo estaba al frente de él y no entendía por qué dudaba tanto en activarlo. Estaba seguro de que no accionarlo traería aún más funestas consecuencias.
Después de media hora más de cabildeo, finalmente su mano se posó en el magnánimo artefacto que lo había seducido por horas (o quizá toda su vida). Lo aplastó con todas sus fuerzas y el ruido fue tan grande que retumbó en todo el colegio…
El cambio de hora se llevaba a cabo en punto como todos los días y Edgardo alargó un día más sus penas.